El arte también absuelve, otorga o recuerda.

Las grandes dimensiones y las estrambóticas formas que Picasso pintó en el Guernica en 1937, nos muestran el horror de una masacre que bien podría estar ocurriendo hoy mismo en algunos puntos del planeta. Pese a sus deformidades, identificamos perfectamente los personajes, sus rostros y su sufrimiento. Cada día, cientos de visitantes conmemoran este horror frente a una de las pinturas más famosas de la historia. Lo mismo ocurre con Los Fusilamientos del 2 y de 3 de mayo, pintados por Goya en 1814.

Pero no necesitamos identificar una figura para determinar lo que se expresa. En la primera mitad del siglo pasado, muchos artistas dieron rienda suelta a su creatividad, llevando al arte fuera de los límites que las academias se habían encargado de marcar. Esta rebelión contra el academicismo se ha practicado siempre, pero fue con las vanguardias cuando las fronteras del arte y el artista se diluyeron.

Mientras unos vivían la llamada “Guerra Civil” española, eran asesinados o se veían obligados a salir de su país, otros seguían los acontecimientos en la lejanía, leyendo los periódicos y oyendo la radio, incapaces de frenar lo que vendría. Entre ellos, un joven nacido en 1915, estudiante de filosofía, arte e historia, seguía atento todo lo acontecido en España, al mismo tiempo que se nutría de artistas y literatos varios; entre ellos, Federico García Lorca, a quien también dedicó alguna obra.

Robert Motherwell (1915-1991), estadounidense de ascendencia escocesa, no participó en la batalla ni pisó tierra española hasta 1958, cuando realiza su obra Totemic Figura. Unos años antes empezaría la serie de pinturas que lo consolidaría como uno de los maestros del expresionismo abstracto, Elegías a la República Española.

No se necesitan figuras para evidenciar el horror. Ya en 1941, Motherwell pintó Pequeña Prisión Española, en la que una sucesión de líneas verticales ocres y blancas/grises nos recuerdan los barrotes de una celda, en la que parece haber un leve resquicio de esperanza, formado por un rectángulo rojo, que luego tapó con negro, y volvió a revelar años más tarde.

La pasión por un tema no nace sólo de la cercanía o la patria. Motherwell enfocó su creación a un fin muy concreto, que nada tenía que ver con sus orígenes ni con sus vivencias cotidianas. Su celda española, su figura totémica y las más de ciento sesenta pinturas que dedicó a las Elegías a la República Española nacieron de su interés, preocupación y conexión con las víctimas de una situación que él consideraba injusta.

Todas ellas son muestra del expresionismo abstracto, en las que prima el gesto, el movimiento, la pintura, el color, el trazo. Si Pollock había optado por el dripping y  Rothko por los “campos de color”, Motherwell se movió entre ambas técnicas, imponiendo la fuerza de sus trazos en las grandes manchas de colores, teniendo al negro entre sus favoritos.

Las Elegías a la República, creadas a partir de formas negras interrumpidas por algunos toques de color y espacios en blancos, son el testimonio visual, pasional, que su autor nos dejó sobre las víctimas del franquismo. En varias ocasiones afirmó que los óvalos que pintaba representaban los testículos de un toro, aludiendo así a la tradición taurina de nuestro país, que asimilaba con una guerra impuesta e injusta, como la nuestra.  El negro como forma que absorbe toda luz a su alrededor, y sin embargo, se evidencia y define sin necesidad de añadir nada más que la fuerza que el color le otorga. El color de la muerte, la pena y el silencio. El arte recuerda, homenajea, y se encarga de custodiar aquello que no debemos olvidar, ni perdonar.

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