No se va.

He llegado a casa hace quince minutos, pero no se va. Lo primero que he hecho al salir a la calle ha sido soltarme el pelo y dejar que el viento frío me atice en la cara; la gente tiene frío, pero yo salgo deseando comer aire. Un día cogeré un buen catarro.

He abierto la puerta y he colgado mi rebeca en el pequeño perchero de la casapuerta. Luego me he lavado las manos, la cara, los pies, y hasta me he remojado ahí abajo. Pero no se va. 

Esta mañana he preparado al niño y se lo he llevado a la Manoli y, aunque se ha puesto a cascar, he conseguido llegar pronto. 

En la fábrica ya estaban Concha, Mercedes y María “la áspera”. No sabemos dónde se ha metido “la larga”; lleva dos días sin venir. La Conchi me ha acercado un buen fajo de hermosas hojas que me servirían para la capa…

Algunas estamos más secas y otras tenemos más carnes, eso es igual. Nuestros dedos se mueven rápido y son tan ágiles como los brazos de los muchachos que se encargan de mover las hojas en el taller del oreo.

Desde bien temprano hace calor y a veces se nos hace difícil hasta respirar; Doña Carmen nos rocía con agüita fresca de vez en cuando, mientras Herminia nos bendice a modo de broma. A la Conchi no le hace gracia, dice que son cosas de gente sin fe y que nos comportemos. 

Mientras formo un perfecto tirulo uniendo la capa y el capote, me doy cuenta de que llevo cinco. Tengo que llegar a cincuenta antes de las doce y tendré que liarlos con su capa si quiero que me dé tiempo a recoger al Miguelito, que a las doce y media debería estar comiendo. 

Aunque no paramos de parlotear, consigo liar cincuenta y dos, recoger al niño y llevármelo a la fábrica. 

Mientras como con el niño, la Conchi me dice que me ha montado algunos tirulos, que solo les líe la capa, y eso que adelanto. Sabe que hoy quiero echar dos horas más, porque quiero comprar para la colcha nueva. El Miguelito no para de corretear de aquí para allá, así que después de comer lo llevo con Doña Rosa, que se encarga de nuestras criaturas en el cuarto de lactancia. Bendita sea Doña Rosa. 

Cuando vuelvo a la mesa, están todas alborotadas: Resulta que cuando yo salía a por el Miguelito, poco después, Catalina “la tirulina” ha sido retenida en el registro. Sabíamos que a veces consigue llevarse algún premium de los buenos, y llevamos semanas cantándole aquello de “Llevan las cigarreras en el rodete un cigarrito habano para su Pepe”. Espero que no se pongan farrucos, me han dicho que el calabozo que nos tienen preparado para nosotras es frío y huele peor que esto. 

Pero el revuelo viene por otra cosa. Nos han llegado rumores de que quieren poner unas máquinas, de esas que se encargan de liar todo en un pis pás, sin pausas, ni error. Pero, sobre todo, con mucho ahorro. 

¡Mal humo les entre a ´tos´! Que traigan las que quieran. Tenemos los dedos ágiles y las patas como piedras. 

No lo comentamos delante de Doña Carmen, pero “la áspera”, que es la que se entera de todas esas cosas, nos ha dicho que en tres días nos dice si tenemos que encerrarnos o no. Pues a tomar viento la colcha. 

Después de todo el día, me he acostado entre las sábanas limpitas. Y ni con el jabón, ni con la leña, ni el caldo que me había comido, se iba. El olor que tanto les gusta a los señoritos cuando sacaban el cigarro de su fajo, a mí no se me iba de la piel. Y pienso “Ay, ojalá la tirulina se lo hubiese fumado. Ella, solica en su ventana”. 

No, no se va: ni el olor, ni el asco, ni las ganas que tengo de que saquemos las máquinas de allí. 

Contexto

Gonzalo Bilbao, Las cigarreras,1915, óleo sobre lienzo. 305×402 cm.
Museo Bellas Artes de Sevilla.

Si hay un gremio que destaca por su lucha sindical y como grupo organizado entre las obreras españolas, es el de las cigarreras. 

A finales del siglo XVIII, la costumbre de fumar cigarros, y más tarde cigarrillos, arrambló con parte de la producción de tabaco en polvo. La alta demanda de cigarros y cigarrillos, así como la necesidad de buscar una manufactura impecable y rápida, llevó a la contratación de mujeres por parte de la Real Hacienda y más tarde, la Compañía Arrendataria de Tabacos (1887-1946).

Pese a que las mujeres normalmente tienen unas manos más pequeñas, que facilitan el liado de cigarros, la razón de peso para su contratación era que cobraban menos que los hombres. La fábrica de Cádiz fue pionera en la contratación de mujeres, pero pronto se expandiría al resto de fábricas (Coruña, Alicante, Madrid y Sevilla), especialmente a partir de la Guerra de la Independencia Española. 

Aunque la presencia de las cigarreras se hizo muy importante a lo largo del siglo XIX, estas trabajadoras verían peligrar sus puestos de trabajo debido a la llegada de la maquinización, que ya en el XX se constataría con el descenso de las féminas en las fábricas, pese al logro de muchas de conseguir la titulación para manejar cierta maquinaria.

La mayor especialización requerida, normalmente negada a las mujeres, daba a los hombres la oportunidad de imponerse en un sector desarrollado y trabajado por estas mujeres que se conocerían como cigarreras y trabajadoras del tabaco, a diferencia de sus compañeros, a quienes denominaban operarios; una diferencia que bien se habían ganado a lo largo de décadas y décadas de lucha obrera, en las que se realizaron múltiples motines, huelgas y protestas para conseguir logros tan importantes como la mejora de los salarios, la construcción de salas de lactancia y puericultura en las fábricas, o la flexibilización de los horarios. 

A diferencia de los trabajadores de su época, las cigarreras se oponían a la jornada de ocho horas, exigiendo un horario que les permitiera conciliar su trabajo con la vida familiar, por aquél entonces, arraigado exclusiva y totalmente a las mujeres (más aún). 

En el día de la clase trabajadora, he escrito el anterior relato inspirado en La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán. Dedicado a todas las cigarreras que se dejaron las manos, la piel, los pulmones y los ojos en un trabajo romantizado, pero totalmente agotador, y en una lucha que hoy día es la admiración de muchos y muchas trabajadoras. 

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